Momentos en que la mesa se vuelve océano
y azota la orilla con sus cuerpos de alcohol y a tinta.
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Momentos en que la mesa se vuelve océano
y azota la orilla con sus cuerpos de alcohol y a tinta.
Bailo rasgando las orillas
con la sombra que anida en los versos.
Un sueño ha nacido de los puercos
(su cabeza rueda de puntillas).
Como en un inmenso mausoleo
las estatuas del tedio suspiran
o expiran detrás del beso,
(inmóviles los pechos conspiran
a la hora de las palomas).
Profunda herida
que atraviesa el día,
las bestias aparean las colinas.
Oh tenues grises magias mías:
¡Caricia orbital de crucifijos
aullemos juntos, toquemos la orilla!
Desde la terraza sonríen las tetas
como mástiles creciendo en la hierba.
Las sombras son un coro de brujas
dibujando niñas con reuma.
Vuelvo a los lugares comunes
a la línea del poema
a la bestia vestida de alma
preguntando el paradero de mi carne.
Hay un cuerpo detrás del cuerpo,
unas manos que dibujan incendios
con la punta de los dedos.
Como un himno negro se encienden las
fogatas
mientras los simulacros
rasgan la memoria:
los nombres,
el alcohol que no bebí,
los cuerpos como tercos mapas
marcan los rumbos de la mentira.
Coraza es la palabra
que resguarda al resto,
la ilusión de una noche
herida por la aguja.
(Mi espalda se levanta
entre edificios
y como Lázaro moderno
sacude el hormigón)
Entre las muchas palabras
que no diré
habrá alguna que escape
a mi suerte de cosa finita,
y que pronunciará mi cuerpo,
(como una suerte de gas),
cuando muera.
No hay más verdad que esta mentira infectada
donde pululan como insectos las razones que soy.
No soy esta ropa amarga
ni este cuero humano
descolorido de instantes.
No soy esta alma enana y circense
que baila al oír la trompeta del alba.
Como vos soy la tos que escupe
entre sollozos
la marca de los neumáticos,
la orín de los perros
en los reflejos dormidos al borde del camino.
Rompes la mesa con un vidrio
o al menos eso creo,
un vidrio
como sonrisa de muerto
que dibuja un loco o un puerto a lo lejos.
La esperma de cuclillas
lee en tu palma abierta:
corazón enigma.
Quizá dirás que detrás solo queda
la mentira,
que esta verdad de mañanas y periódicos
nos dejó un caño llamado vida.
Pero es que en cada cosa
una raíz sencilla,
melancolía dijiste (mientras el alcohol
te subía al alma.)
No hay mayor soledad que la compañía,
ni más estrellas
que las de esta noche.
No hay peor beso que la cocaína
corazón virgen
que teje perros hambrientos en cada excusa.
En esta silla en que solo se sienta el silencio,
la muerte es un ruiseñor
meciendo insectos
en telarañas de hierro doblado.
En esta silla en que solo se
sienta el silencio,
la alcantarilla de la tarde rabiosa
y yo jinete vestido
de lepra indescifrable.
En esta silla en que solo se sienta el silencio,
a mis pies la locura incendia un elefante.
Mi trono es una amapola al borde del precipicio.
Nada en las manos la llanura
frente a una muñeca que grita
no existes.
Nada asombrada mi boca
en tu recuerdo,
trapecio cíclope de piedra.
Dejaré que susurra el silencio,
que al pie de la cabeza nazca la rosa,
que mi sexo silbe libre en la razón
mientras los buitres dibujan círculos
con las sombras.
Al final del túnel el ojo.
Soy la muerte que una vez lamiste,
el almizcle del pájaro del alba
engañando al cristal.
El crepúsculo amando
el cuello de la ciudad,
las ratas jugando a las escondidas
entre heces y hendiduras.
Quien grita es solo viento
excretando
carne viva y cadáver.
Solo, entre telarañas
un enorme reloj enjaula las codornices
prorrogando su brillo hasta los huesos.
No se como llegó a ser la muerte
así de inmensa:
pantano por el que corrimos de niños
ahora hunde su pico
sepultando las hojas.
Frágil y ebrio
hablo
a cada uno de mis fantasmas,
a la celda que dejaron en su lugar
las imagenes
y que ahora, como musas de humo,
miran en la luna todo un océano.