Samuel Marrone. La bella decadencia. Viernes 07 de enero, 2014.

La citaron a las 3 de la tarde, el día 7 del primer mes del 2014. Llegó exactamente a esa hora, ni un minuto antes, ni uno después. Prefería las entradas triunfales, los labiales intensos, y el olor del cigarro mezclado con el perfume francés. La sala en donde esperó estaba llena de mujeres con los sueños aún más altos que sus tacones, sin embargo ella se consideraba la más apta para el papel, quizá debido a su gusto por Joyce, (primer libro que leyó hasta el final, regalo de un tío lejano suyo), o por la afinidad espiritual que sentía con Molly Bloom, personaje principal de la obra.
Poco antes de ser llamada, Kerinec abrió su bolso para sacar del fondo un pedazo de su rostro, el cuál miró atenta durante unos segundos, pensando quizá, mientras acariciaba el borde rojizo de sus ojos, en un estanque de duraznos, o en el potro que se hundía en su boca. Aquel día había salido rápido de su departamento, sin corregir adecuadamente su rostro, cosa que aunque no quisiera aparentarlo, la atormentaba. Un virus la mantuvo días atrás en cama, entre espasmos, vómitos y nauseas. Se nota demasiado -pensó para sí- pero incluso así el papel será mío. 

Había sido criada en Dijon, Francia, lo que a los ojos (no solo de los) productores, le daba cierto status, esto sumado a esa extraña mezcla de inocencia y perversión con que se  vestía, y a la imagen de aquel cuerpo suyo, que parecía apenas luchar por mantenerse vivo. 

Una vez en el pequeño escenario, las luces se desmayaron, para hacerla aparecer de repente desde el fondo del lago de duraznos. Según se dice, todos quedaron impresionados. *De continuer à faire de moi cet envoûté éternel etc. etc. -parafrasearía al final. Todos los presentes sabían que era ella quien debía interpretar el personaje de Sinisterra.
Luego la esperaría las baldosas, la noche, y la muerte trepada como un gato
sobre los muros. Su cuerpo lo halló un niño cerca de un río, mientras atrapaba escarabajos. Puedo imaginar el horror del niño al darse cuenta de que aquella pila de carne, había sido antes una mujer. Me siento en este bar, y sostengo con una mano el trozo de espejo que antes guardaba su rostro, y en la otra un doble en las rocas. Toda una vida convertida en una masa sin forma. Recreo una y otra vez lo que imagino sucedió, observo una y otra vez  las fotografías de la chica, las fotografías de la escena del crimen, la fotografías del niño señalando con su pequeña mano el lugar del que según él provenía el mal olor, pero nada, ni una pista. Devuelvo las fotografías al libro viejo que me sirve mórbidamente de estuche protector, pago lo que debo, y me marcho. El hielo de mi último trago se diluyó  tan rápido como los sueños de aquella chica. 

Días después, hallamos una carta sin abrir en su departamento. Era de la Compañía Nacional de Teatro. El papel de Molly Bloom es suyo, le pertenece señorita Mey Kerinec.   

*De continuar siendo ese hechizado eterno! etc. etc. Antonin Artaud.

Sobre larvas y palabras

Luego de criar tanta lombriz
de alimentar la acidez, el silencio,
de ser prematuro hasta en la forma en que te miro
me pregunto si será cierto
el tamaño de la noche en la espalda de la arritmia,
los cuerpos cedidos como hormigas a un río,
o los clavos tan preciosos como joyas.
Este rostro donde crío a la muerte
cada vez se parece más a una espada sin filo 
y saborea en la carne soñolienta 
alguna canción, alguna herida
hecha de tiempo 
de larvas 
de esas palabras que nos drogan con su estupor.

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Espacios

Acá los niños lloran igual
y los autos se detienen a entender las señales de alto.
Los edificios chorrean su podredumbre al cielo
en un grito que solo escuchan los sordos.
Una mujer embarazada toda de Ecuador
sostiene en sus manos un cuchillo
(no lo sabe, pero su placenta es un caldo
en el que se cocina el horror de un pueblo).
Pero hay espacios en donde llueve la alegría
espacios diminutos como uñas perdidas
que se clavan en la sonrisa de los turistas
o en la vuelta de hoja de la palma
y que hacen menos atroz incluso el hecho
de que algún suicida este planee su fuga
entre canciones y flashes de cámara y autos.
Hay espacios aparentes
que solo son capaces de llenarse
con sangre y carne y medula y huesos
y dientes que se van perdiendo bajo las ruedas de los autos.

Guayaquil Ecuador

Que plano es el horror que cuelga de la puerta del sol.
Que plano en los ojos, engallosos rubíes,
haciendo señas desde el puente, los pómulos, el hueso.
Sé en cual esquina esta la muerte, sopla sin dientes
la entraña prohibida
la niña arrullando a otra niña
mientras vomita una cancion la ventana abierta de los autos.
Yo esperaba necesitaba otra cosa
no esta tierra adormecida no esta golondrina de la derrota.
Veintinueve niños diesiocho luces aplanando el horror
en la Joaquin Orrantia.
Veintinueve niños diesiocho luces
obligándome a pasar absurdo y desapercibido
mientras me hundo en el caldo oscuro de mi bolsillo.

E. Leumas. Reencarnación de un corazón en vuelo, o el faro que late en la tormenta. Lunes 9 de Octubre, 2013.

Ella era un faro y yo la seguía entre la gente como un barco herido por la tormenta. Seguía su pelo como seguir un olor que se iba diluyendo, si dejaba que sus pasos fueran más largos que los míos. Tan lejana y cercana como los ladridos de un perro en mitad de la noche, sin otros perros alrededor, yo estaba atrapado por su gravedad como la luz enferma de una estrella en un libro viejo de ciencia. Atrapado fuera del tiempo, ya que en mi carne todo era tormenta.   

-Estoy seguro de que se le cayó a usted…- le dije tímidamente.
-No - respondió con la cara manchada por la sorpresa - nunca había visto esa cartera. 

Antes de matar por primera vez, repasaba todo lo que debía decir y sentir, cada gesto y cada palabra debían ser milimétricamente dispuestas, como en un ajedrez, para que todo fuera perfecto. Antes de matar por primera vez, fantaseaba con cada mujer que veía. Practicaba siempre las más diversas situaciones, preguntándome incluso como incidía el color del tacón perdido, o el sabor que más odió en su vida, con el éxito o fracaso de mi proyecto. Fantaseaba con cada mujer, la miraba e intentaba leerlas para anteponerme a cualquier situación. Si tenía un cuello largo (como el que ella tenía), el corte debía ser preciso, la presión perfecta. Sus manos no debían estar tensas sino hasta el final, cuando supiera que todo estaba perdido, cuando se diera cuenta al fin que mañana no despertaría, y que la de ayer fue la última colcha que se marcaría en su espalda.   

Aquella tarde fuimos juntos a dejar la cartera a la comisaría donde, con extraño gusto, nos atendieron. Luego pasamos por un café a la avenida Rouge, y mientras caminábamos pude ver cada detalle en cámara lenta, pude verla moviéndose suavemente, casi forzando a la realidad a que se mantuviera en su lugar. Incluso la brisa del viento parecía obedecerle, su pelo era el oleaje que acariciaba la orilla de un rostro que poco a poco se convertía en duna y fuego.

- ¿Y a qué te dedicas? - me dijo sacándome de golpe del transe - Hace rato que solo hablamos de mi… 
- Soy pintor… - respondí- pinto con palabras, y me encantaría pintarte a vos.-

A continuación fuimos a mi casa. No espero que entiendan las razones del porqué murió, pero la razón por la que murió fue que podía matarla. Ella era un pájaro en un nido, y yo el halcón que se preguntaba por lo que se ocultaban sus plumas. 

¿Tembló de miedo o de frío? Al final, puedo asegurarlo, de frío. El miedo es algo que no les permito. Saqué lentamente el pájaro de su pecho, lo vi hasta que se quedó cómodamente quieto con el calor de mis manos. Luego, por primera vez, alzó en vuelo. 

Reencarnación

Habiendo tanto que perder y no te tengo,
porque hallar y perder es nuestra vida.

Como un grito que más que viento es un misterio,
algo que muere como una cosa de un día.

¡Cuántas cabezas habrás cortado, cuántos corazones!
Dios nos ha separado
y es el diablo quien nos vuelve a juntar. 

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Se van los rostros 
quedan las palabras.
Uno a uno van muriendo
como pájaros ahogados 
              en otras aguas.

Se van los rostros 
quedan las palabras. 
Siempre es más fácil hablar 
con quienes duermen 
               bajo las tapias.

Pasa una golondrina
sobre el bronce del parque.
¿Y a quién le importa? 
Al irse se van los rostros 
y quedan las palabras. 

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